Blogia

intercambiosgestuales

RELATO DE MI VIDA ESCOLAR

                                           

 RELATO DE MI VIDA ESCOLAR

 Por: VIRGINIA NIÑO ZORRO

Durante la etapa de mi vida escolar vivíamos en el barrio  Modelo, en una casa esquinera. Las escaleras  muy empinadas con  peldaños altos.  Era una casa  antigua con techos también bastante altos y habitaciones  grandes.

 

Algo que llevo muy grabado en mi mente, son los espacios de los colegios. Recuerdo cada uno de sus rincones y pasillos. Por ejemplo, el salón de actos del colegio del Rosario de Santo Domingo era muy bello y enorme. Un escenario imponente con camerinos y grandes telones. La capilla era muy grande. Tenía forma rectangular. Estaba decorada con sencillez. Yo me embelesaba observando sus detalles arquitectónicos, cuando alzaba mi rostro para cantar. Cautivaban mi atención. Algo muy particular de este colegio era un gran horno donde quemaban la basura. Un hombre se encargaba de recogerla y llevarla hasta allí. Era prohibido acercarse a ese lugar, pero yo me las ingeniaba para espiar todo el proceso.  Íbamos seguido con una amiga. Nos quedábamos fascinadas mirando el color del fuego y el sonido de su crepitar. Valía la pena hasta un regaño de las monjas por este espectáculo tan hermoso.

 

Había otros espacios misteriosos y cautivantes como los dormitorios de las monjas, totalmente aislados del colegio. Pero allá nos llevaba la curiosidad y el celo con que ellas guardaban sus secretos. Se trataba de habitaciones espaciosas muy bien amobladas, totalmente pulcras, blancas como la nieve. Era inmenso el disfrute de los cotidianos e interminables recorridos a todos los lugares donde era prohibido terminantemente ir.

Desde allí se contemplaba Bogotá en toda su extensión, pues el colegio está ubicado en la parte oriental de la ciudad, enclavado en plena montaña. Las ventanas también constituían un lugar prohibido. Asomarse a ellas era causal de mala conducta pero por fortuna me asomé. De lo contrario me hubiera perdido de semejante paisaje urbano que, desde ese entonces, no he vuelto a contemplar.

 

Después de la casa antigua donde vivíamos, nos trasladamos al barrio Pablo VI. Totalmente diferente, un apartamento de arquitectura moderna para la época, rodeado de zonas verdes, ubicado al noroccidente de la ciudad. Tenía una vista espectacular que daba hacia los cerros orientales, desde donde justamente se divisaba el colegio, entre otras edificaciones que tratábamos de identificar entre mis hermanos y yo: el estadio El Campín, al que yo veía en mis sueños juveniles como una escultura gigante.

 

Nosotros nos instalamos en el barrio, con las primeras familias que llegaron a éste. Y en realidad la distancia era cercana entre nuestra vivienda y el colegio, no así el acceso a la fría montaña. En aquellos días en que no alcanzábamos a tomar la ruta del bus, un teleférico hubiera sido el transporte ideal para llegar allí. Un taxi era muy costoso.

 

Volviendo a mi colegio, como le decía en aquellos días,  cada curso constaba de 25 niñas. Era femenino y, por tanto, había menos indisciplina. Al menos, no problemas graves de agresión. Las instrucciones generales de rectoría y coordinación se daban por parlante.  Los métodos pedagógicos utilizados por la comunidad de las dominicas,  dueña del colegio, no han variado mucho: la lectura y explicación del tema muy apegada al texto y poca o nula interpretación del mismo y ninguna posibilidad de aporte por parte de las estudiantes. Después se llenaban los cuestionarios, en fotocopia, de muchísimas preguntas, cuyas respuestas teníamos que buscar en los libros, porque la mayoría de las veces no entendíamos la explicación  y  ni siquiera se nos preguntaba qué pensábamos acerca del tema o que nos había quedado claro. Era una enseñanza distante, fría, inespecífica: la repetición del texto, mecánica, sin nada que interpretar.  

 

Aunque el método pedagógico dejaba mucho que desear, guardo el grato recuerdo de mi directora del curso 4o. de primaria. Una mujer cuya calidez humana y ternura, me hacían sentir como su hija. Me daba el amor que mis padres me negaban durante el día y al que sólo podía acceder hasta después de las seis de la tarde, al salir ellos de sus trabajos. Ahora deduzco que la falta de afecto durante tantas horas, tantos días, tantos años, da como resultado una carencia emocional muy grave. Cuando corrió el rumor de que se iba del colegio y luego, cuando el rumor se hizo realidad, y supe que mi hada protectora desaparecía como por encanto, volví con mucho dolor a una realidad que distaba mucho de gustarme. Las otras profesoras y mis compañeras se dieron cuenta del abandono en que  había quedado. Tuve que sacar fuerzas de mis entrañas para sobrevivir en ausencia de mi “mamá”. El colegio sí muy lindo, pero las profesoras, en su mayoría, frías e indiferentes.

A pesar de este duelo, adoraba mi colegio. Allí pasé las mejores horas de mi vida. Recuerdo con gran emoción, la dicha que me producía entender un tema difícil. Un regocijo profundo, como un clímax intelectual y mental me invadía cuando atravesaba el límite invisible entre la ignorancia y el saber.

Siempre que podía, participaba en todas las actividades extra clase , los coros , en el grupo de teatro , en la estudiantina, el grupo de dazas. Ahora, puedo concientizar que, detrás del gusto me producía, se escondía la infantil intención de estar fuera de clase. Mi vida escolar transcurrió, entre ensayos y presentaciones. Escribiendo esto, comprendo porque me tocaba estudiar  tanto en la casa y ponerme al día en los cuadernos.

Algunas recordaciones que llenan la retrospectiva de esos años son los jardines de mi colegio: el del Modelo en preescolar, el bosque del Rosario de Santo Domingo, el pequeño jardín del Santa Isabel de Hungría y las inmensas zonas verdes del Eymard. Las condiciones de mi existencia me hicieron poli escolar. Así son mis recuerdos: variados, libres y alegres. Convertidos en refugios, los íntimos rincones de mi colegio,  guardaban  mi soledad a los ojos ajenos.

Cuando mis profesoras insistían en que jugara y me divirtiera, estaban muy lejos de entender que mi más íntimo deseo era permanecer allí, en compañía de los grandes árboles, las plantas, las flores, el frío, la penumbra, lejos del bullicio. No me importaba si los árboles, estaban propensos a caerse por la inclinación del terreno, pero más que todo por su edad. Poco caso me merecía este riesgo. Mi aproximación a la naturaleza y el hecho de estar a cierta distancia de mis compañeras me daba la posibilidad de verlas gritar pero no escucharlas, de estar lejos, sin perderlas de vista.

 

En las clases de manualidades, costura, en ese tiempo, realizábamos  punto de cruz no en carpeticas o individuales sino en manteles descomunales, como para mesas estilo Luís XV. El año era corto para terminar uno solo de ellos. Para mí, esto constituía un verdadero desastre. Cada puntada tenía que ser previamente dibujada en la tela, con hilo del grosor y color conveniente, para su terminado fuera de una perfección imposible de lograr. Frecuentemente teníamos que desbaratar todo el bordado y comenzar de cero. Eso constituyó parte del trauma de mi vida posterior: en la actualidad detesto coser hasta el ruedo de una falda.  En las dos horas que duraba esta actividad nos hacíamos por grupos y nos turnábamos para contar cuentos de miedo como el monje sin cabeza, la Llorona. Así, estas horas se pasaban muy rápido y se hacía menos tediosa la labor.

Las actividades creativas al interior del aula eran nulas. En ninguna se permitía la libre expresión. Ni siquiera en las danzas, el teatro o canto. La decisión  tomada por la profesora era inapelable.

Saliéndome de las rígidas normas escolares, yo dibujaba en las últimas hojas de los cuadernos, con esfero o lápiz. No recuerdo haber conocido otro medio. Dibujaba mucho en las interminables clases, tratando de no desatender pero a la vez queriendo librarme del tedio que me producían. Otro problema por afrontar eran mis respuestas, no siempre de acuerdo a la lógica de las profesoras, que me acarreaba una amonestación escrita a mis padres con la correspondiente amenaza, pero no recuerdo una palabra de motivación, o una forma por simple que fuera de calificar positivamente mi trabajo o de orientarlo hacia algo más elaborado. Hoy me hago una pregunta: de dónde provenía este sistema tan inflexible y arcaico. ¿Eran las profesoras o las dueñas del colegio las responsables? Las profesoras estaban desmotivadas  y no les importaba nada y a las monjas sólo les interesaba la rentabilidad de la empresa?

Si mis recuerdos no me traicionan, nunca escuché mencionar el nombre de un pintor, ni siquiera uno colombiano, para alguna referencia, para concatenarlo con un momento histórico, con una época determinada. Ningún profesor preguntó a lo largo de mi primaria y bachillerato, si me gustaba el arte, qué me gustaba de él. No me dejaron ninguna inquietud, ninguna referencia. Nada que yo hubiera podido utilizar como antecedente a mis posteriores experiencias.

Y esto sí hubiera podido ser posible, pues en lo que se refiere a deportes, mi profesor del Eymard, me inculcó su práctica, al menos en beneficio de mi salud mental, emocional y física y con testimonios dicientes, me enseñó a competir y quiso formar en mí una buena atleta, con velocidad y resistencia. Pude representar al colegio, con dignidad,  porque me fue dado el conocimiento sin egoísmo, con amor, con el mismo amor que el profesor tenía por su materia,  por su profesión. No le importaba descubrir el potencial de los estudiantes, porque no los consideraba sus rivales, ni tenía miedo de que posteriormente le quitaran su empleo.

Era obligación calcar las ilustraciones que aparecían en los libros. Pero, teníamos que dibujar otros.  Cuando quedaban bonitos, generalmente hechos por los padres, las profesoras quedaban encantadas.  No les importaba quién los hacía sino que estuvieran bien hechos. Eran tareas para padres. He visto que, algunas profesoras todavía aceptan y, prácticamente exigen los trabajos muy bien, recomiendan a los padres que les “colaboren” a sus hijos. Como estos padres no saben como es colaborar, sencillamente les hacen los trabajos.

De todo este sistema se salvaba un método que, por cierto, me fascinaba: las carteleras. Eran utilizadas esporádicamente y enrolladas rápidamente después de explicado el tema, sin opción a ampliarlo. Existía en el colegio un sitio especial donde eran colocadas en estricto orden todas las carteleras. Yo me ofrecía a ir por ellas y aprovechaba para quedarme un rato leyendo las otras carteleras, perfectamente alelada. Aprendí a hacerlas para las exposiciones de

 

los trabajos que, ya para ese entonces comenzaban a ponerse de moda y me dí cuenta de que eran funcionales.

Para dibujar se usaban cuadernillos. Entre hoja y hoja, tenía una hoja de papel calcante. Algunas veces, calcábamos el dibujo, otras veces nos daban un tema para dibujar y nos regañaban si quedaba feo. Estaba prohibido dibujar en toda la hoja. Un dibujo solito, pequeño  en la mitad de la hoja. 

Los ejercicios de caligrafía me gustaban mucho. Se hacían para soltar la mano, las profesoras nos decían que el trazo tenía que ser firme, con el lápiz bien apretado, sin salirse del renglón. Si no se cumplía con esos requisitos, la nota disminuía. A pesar de todo, yo disfrutaba, me daba algo de libertad y me llamaban la atención los garabatos que resultaban, aun las letras.

En cuarto y quinto de bachillerato, la profesora de biología nos llevaba constantemente al laboratorio. Recuerdo las clases de biología y química. Gracias a la práctica de estas materias, recuerdo todavía muchas cosas. El profesor de historia nos hacía unos relatos minuciosos de los temas en una forma muy familiar. Nos “sacaba” del  salón de clases; nos transportaba. Los cuenteros de hoy, traen a mi memoria, inevitablemente, a  mi profesor. Lastimosamente, al final, nos ponía a llenar cuestionarios  y rompía abruptamente con la magia.

El grado 6o. (hoy 11o.) lo cursé en  jornada nocturna, cansada de tanto  uniforme, de esa jornada escolar tan larga, decidí aprovechar el día, para otras actividades: tocar guitarra, pintar, hacer manualidades y  estudiar.  Terminé el bachillerato en el Charles de Gaulle con una de mis tías, Rosita, quien había dejado de estudiar  durante diez años y había intentado hacerlo durante otros diez.

Fue una experiencia enriquecedora ver los deseos de superación de  personas, la mayoría adultas, que después de una larga jornada de trabajo, llegaban a estudiar, con la única esperanza de continuar con sus estudios universitarios o, al menos, técnicos o tecnológicos.

Mi estilo, pasión u obsesión fue siempre recibir un aporte de todo aprendizaje, de toda vivencia. Algo que yo pudiera llevar a los demás algún día.

                                                    

Apuntes sobre el proceso dentro del laboratorio

Por Jaime Enrique Barragán -  Colectivo Otro

Agosto 17 de 2008

El siguiente texto parte de las experiencias personales que he venido teniendo dentro del trabajo realizado dentro del  laboratorio. Creo que tal y como implica el nombre del proyecto: Espacios de intercambio Gestual este laboratorio me ha permitido tener un acercamiento al campo de las discapacidades, así como con personas, hombres y mujeres: artistas, educadores, terapeutas, psicólogos que de una u otra forma intervienen en el trabajo con y entorno a la discapacidad, y que de una u otra forma se relacionan con y desde el cuerpo en su trabajo

 En mi caso debo confesar que es la primera ocasión en la  que asumo la responsabilidad de pensar el trabajo artístico en relación con las discapacidades, igualmente, la experiencia propia del encuentro cercano con cuerpos diferentes, en los que la relación ausencia y presencia cobra otros significados, es para nueva para mi.

 Uno de los aspectos que me llevó a aceptar la invitación como participante dentro del colectivo Otro en este proceso, radica en la importancia del cuerpo, en como  durante los últimos años ha venido tomando una posición central dentro de mi trabajo. El cuerpo y su relación con la educación, lo político, así como su presencia y lo que implica dimensionar el campo de la acción desde una perspectiva amplia, en la que concibo el cuerpo como fuente y receptor de los procesos educativos (en un sentido amplio). Así mismo, la coincidencia afortunada de encontrar en otras personas interés similares en los que el acto educativo se aprecia desde una perspectiva creativa que relaciona arte y  educación.

Este conjunto de intereses comienza a entrar en dialogo con un momento coyuntural en el que la discapacidad empieza a ser objeto de revisión, así como de creación de políticas y acciones que permitan  y validen el discurso de la inclusión dentro de un momento en el que abundan con mayor fuerza las acciones dirigidas a grupos focales de la sociedad: políticas de genero, LGBT, juventud, adulto mayor, etc, que entiendo como necesarias, pero que de cierto modo me interrogan sobre la continua fragmentación y especialización del campo de lo público. Es extraño y de paso comprensible que las acciones interdisciplinarias, de las que el arte forma parte, incidan en  poblaciones cada vez más diferenciadas y fragmentadas. Y que en medio de esto aparezcan con fuerza discursos de lo políticamente correcto, de la democracia y otros aspectos, que si bien actúan como motor, como punto de llegada -ideal- pueden llevar a acciones cada vez más superficiales, en las que además se mezclan   los prejuicios y criterios personales. Para el caso trató de poner en dialogo y revisión los míos.

 Los del lenguaje

Durante el desarrollo del laboratorio he tenido varios momentos en que me he visto cuestionado por el uso del lenguaje, por la precisión  necesaria al trabajar con personas con algún  tipo de discapacidad. Al dar instrucciones con términos como: caminar, cerrar los ojos, a personas que están en silla de ruedas o que son invidentes. Me cuestiono,  esto gracias a las observaciones echas por otros participantes del laboratorio.

 Hasta dónde si digo caminar cometo un error, hasta dónde la persona en silla de ruedas hace del uso que le da a esta su forma de caminar. Es mejor el término, moverse o tal vez desplazarse. Ocurre entonces que para trabajar con una población específica se deben utilizar términos  “más generales”. Aunque en ocasiones me queda la sensación que las observaciones tienden a  tener un componente de caridad o consideración por ese  otro, cosas que no es mala, y que de alguna manera alude a la posibilidad de herir a quien participa del taller en condiciones físicas distintas.

 

Esto se configura en un reto personal y en un aprendizaje necesario, que contribuye a un mejor desarrollo de futuras acciones con la población en discapacidad

 Los de la indiferencia

 A menudo creo que el no tener contacto frecuente con personas en discapacidad termina por alimentar cierta indiferencia, común hacia  otros grupos poblacionales. En     ocasiones siento que cierta crueldad aparece en mí como respuesta y oposición a una oposición lastimera de la que trato de cuidarme. No me interesa sentir lástima  ni pensar que las personas en discapacidad no pueden valerse por si mismas, adaptarse y construir su propio proyecto de vida. Sin embargo, este argumento es ligero y cómodo en la medida en que nace desde una posición externa y ajena a la discapacidad,  y ya que dentro de los cánones de la normalidad podría decirse que no me aqueja ninguna. Mi  punto de vista prácticamente carece de valor. Por  eso, y en razón de la búsqueda del equilibrio trato a las personas como personas más allá de si existe o no una discapacidad.    

 Los de la “pertenencia” a determinada clase social

 Al escuchar el trabajo que se viene adelantando desde las instituciones, así como las acciones desarrolladas en torno a la creación de un política para la discapacidad surgen varios interrogantes, que me parece, van  más allá de plantear una  perspectiva de derechos, no porque no crea en esta, o porque no me interesa apoyarla. Creo que es necesario tener claro que una cosa es el campo de la política y otro el de las acciones que desarrollan las instituciones dentro del marco de un discurso de la inclusión. Así mismo, y como parte de mi experiencia de trabajo en zonas populares donde los discursos de las políticas no resuenan con la misma fuerza y donde las condiciones de vida, contrario a lo que pueden pensar quien  no es habitante estos sectores, dificultan el  acceso y la posibilidad de hacer que los derechos se hagan  una realidad, este laboratorio  me confronta sobre la realidad de las personas discapacitadas que están situación de pobreza extrema y miseria. Y bueno, luego de observar la presentación de la organización voces del silencio, en la que niños, niñas  y jóvenes: sordos, ciegos y sordos ciegos. Interpretaban temas musicales en medio de un ambiente tremendamente endulzado y de paso “exotizado” me preguntaba, y de paso afirmaba las diferencias ante una clase social distinta, pensando que la discapacidad en medio de la pobreza se vive de  otras formas, a pesar de los discursos que pretenden igualarlas, condiciones ni mejores   peores, pero si diferentes. Sentí algo de envidia y a la vez  preocupación ¿cómo será ser sordociego en Usme, en Soacha, en Ciudad Bolívar, cuando no hay dinero para pagar un formador personalizado? ¿Cómo será la realidad en las zonas  rurales de Bogotá, en las lejanas tierras de Sumapaz donde no se hacen estos “conciertos”?... recuentos de las visitas de Fonseca, Shakira y otros más. La discapacidad también puede hacerse “fashion” como buena parte de la realidad, es fenómeno de pasarela, arranca lágrimas de ternura y patriotismo.

 Nota: me imaginaba un concierto en lenguaje de  señas en el que en verdad  yo tuviera que adaptarme al otro, pero bueno se trató de una “fono mímica” elegante, al estilo arte lindo para hacer feliz y no herir susceptibilidades, con presentadora al estilo noticiero actual. 

 Los del arte y la pedagogía

 

Dentro del intercambio de experiencias y maneras de hacer, empiezan  a  aparecer puntos en común en los que el arte tiene un papel  central. Se puede apreciar como las diferencias iniciales ceden ante los sitios comunes. Cada uno y cada una desde una disciplina diferente abordan el trabajo en torno a la discapacidad y de paso plantea o ejecuta la posibilidad del arte como punto de partida o de llegada en su trabajo.

 Es interesante resaltar como el teatro y la danza son  aspectos comunes, coincidencias. Así  como la plástica en menor medida, pero en todo caso el arte y la posibilidad de verlo como medio o como fin orienta parte de la experiencia tanto en el aspecto personal como laboral y en las mezclas que se dan entre estos. No sobra agregar que aunque no todos provienen de un trabajo en torno al arte, este es  un “elemento” que de cierto modo nos ha aglutinado, que puede ser posibilidad de alimento para cada  uno y cada una, en lo que hace, en lo pedagógico, en lo metodológico, en fin, explorarse a sí mismo, conocerse y conocer a otros. Darse la oportunidad de ver otros cuerpos diferentes, singulares, conscientes y no conscientes de sus capacidades, pero en todo caso dispuestos a ir un poco más allá.

 Un espacio desde el que sin tener un conocimiento específico sobre discapacidad, asumo que algo puedo aportar.

 Los de la discapacidad misma

 Me interesa y me llama la atención la manera en que el termino discapacidad empieza a hacerse ambiguo, no con el fin de negarla o de pretender una actitud irresponsable, pero si como la opción de encontrar con el otro y la otra las carencias y las habilidades que cada uno posee.  Ser consciente de estas, o al menos intentarlo. 

Laboratorios

Laboratorio de Investigación-Creación - "Espacios de Intercambio Gestual"


PEREIRA

Lugar: Museo de Arte de Pereira

 

MÓDULO 1 - Octubre 3, 4 y 5

MÓDULO 2  - Octubre  24, 25 y 26

MODULO3 - Noviembre 14-16

 

BOGOTA

 

Módulo 1 -  Agosto 1, 2  y  3  Lugar: Museo Nacional de Colombia

Módulo 2-  Agosto 15, 16 y 17   Lugar: Casa Museo Quinta de Bolívar

Módulo 3 -  Agosto 29 y 30   Lugar: Casa Museo Quinta de Bolívar/ Agosto 31  Lugar: Teatro Delia Zapata Olliviera

 

METODOLOGÍA:
El laboratorio está a cargo del Colectivo Otro y se configura a partir de sesiones teórico-prácticas, consta de tres (3) módulos de tres (3) días cada uno, con una intensidad horaria de ocho (8) horas por día con intervalos de tres semanas entre módulos,

en el horario de 8am - 12 pm y de 2 pm a 5 pm.
 
REQUISITOS PARA LA PARTICIPACIÓN:

Diligenciar el formulario de inscripción adjunto 
 


INSCRIPCIONES MODULO PEREIRA HASTA EL 5 DE SEPTIEMBRE
El formato, debe ser diligenciado y enviado vía mail a intercambiosgestuales@gmail.com, ambernal@mincultura.gov.co. Se entregará certificación a aquellas personas que cumplan con el 80% de los compromisos adquiridos durante el proceso, ésta será avalada por las entidades convocantes.
 
 Teléfonos de contacto en Bogotá: 3500403, 3506546, 3123044705
 


Espacios de intercambio gestual
 
Esta propuesta emerge de la experiencia del cuerpo con su entorno, de su relación con el otro, de las habilidades y percepciones desarrollas por cada uno para aprender el mundo, así como del modo de transmisión de estas capacidades, propiciando un intercambio de saberes que permita una identificación como individuos  y como  grupo.
 
A partir de las nociones de: cuerpo modificado,  negación- ausencia, se iniciará un ejercicio exploratorio de doble vía, en el que los participantes,  desde su experiencia particular puedan generar una serie de reflexiones en relación al concepto del arte y su propia cotidianidad, tomando como punto de partida la relación del cuerpo-dibujo, teniendo en cuenta  la idea de dibujo, como un acto en sí mismo, como un proceso que privilegia  al hecho artístico más que el objeto resultado.
 
Se partirá de la apropiación de la técnica como un medio de exploración y expresión de la realidad propia del individuo y el grupo,  en un camino que permitirá un encuentro  con el gesto, la traza, ampliando la noción del dibujo por un trazar, un errar, un caminar. Concibiendo el dibujo y otras expresiones artísticas desde la acción, desde el gesto, desde lo corporal, como traza-"trazo de una historia de vida que se pone en público", en relación con otros "relatos de vida" que dan cuenta de una concepción del mundo desde la diferencia, desde la inclusión social.
 
Se proponen espacios de intercambio gestual dejando como evidencia unas improntas, unos estadios de estos relatos que potencien la capacidad creadora de los involucrados en el laboratorio. Para esto, se indagara en relación al cuerpo y diversas nociones de este: cuerpo cambiante, la experiencia de un cuerpo modificado que se relaciona con el entorno de otras formas, que desarrolla otras habilidades, la supuesta construcción de mundos desde la ausencia corporal  con otras percepciones.
 
TALLERISTAS A CARGO

 

 
El grupo Colectivo Otro, es un grupo multidisciplinar de profesionales egresados de la Universidad Nacional de Colombia, que promueve espacios de difusión, creación e investigación en torno a las prácticas artísticas contemporáneas y su relación con otras disciplinas, así como el fortalecimiento de procesos pedagógicos y de formación de públicos que susciten acercamientos a las artes. 
 
El interés del  Colectivo en general y de los integrantes, reunidos en esta propuesta, parte del interés por la creación artística desde el cuerpo y el desarrollo de prácticas formativas   derivando en un trabajo conjunto que responda cuestionamientos particulares, articulando procesos de diálogo con el otro, en el que los individuos se apropien de sí mismos, de sus acciones y creaciones, propiciando nuevos acercamientos al campo del arte.