Blogia
intercambiosgestuales

Modulo Dos

RELATO DE MI VIDA ESCOLAR

                                           

 RELATO DE MI VIDA ESCOLAR

 Por: VIRGINIA NIÑO ZORRO

Durante la etapa de mi vida escolar vivíamos en el barrio  Modelo, en una casa esquinera. Las escaleras  muy empinadas con  peldaños altos.  Era una casa  antigua con techos también bastante altos y habitaciones  grandes.

 

Algo que llevo muy grabado en mi mente, son los espacios de los colegios. Recuerdo cada uno de sus rincones y pasillos. Por ejemplo, el salón de actos del colegio del Rosario de Santo Domingo era muy bello y enorme. Un escenario imponente con camerinos y grandes telones. La capilla era muy grande. Tenía forma rectangular. Estaba decorada con sencillez. Yo me embelesaba observando sus detalles arquitectónicos, cuando alzaba mi rostro para cantar. Cautivaban mi atención. Algo muy particular de este colegio era un gran horno donde quemaban la basura. Un hombre se encargaba de recogerla y llevarla hasta allí. Era prohibido acercarse a ese lugar, pero yo me las ingeniaba para espiar todo el proceso.  Íbamos seguido con una amiga. Nos quedábamos fascinadas mirando el color del fuego y el sonido de su crepitar. Valía la pena hasta un regaño de las monjas por este espectáculo tan hermoso.

 

Había otros espacios misteriosos y cautivantes como los dormitorios de las monjas, totalmente aislados del colegio. Pero allá nos llevaba la curiosidad y el celo con que ellas guardaban sus secretos. Se trataba de habitaciones espaciosas muy bien amobladas, totalmente pulcras, blancas como la nieve. Era inmenso el disfrute de los cotidianos e interminables recorridos a todos los lugares donde era prohibido terminantemente ir.

Desde allí se contemplaba Bogotá en toda su extensión, pues el colegio está ubicado en la parte oriental de la ciudad, enclavado en plena montaña. Las ventanas también constituían un lugar prohibido. Asomarse a ellas era causal de mala conducta pero por fortuna me asomé. De lo contrario me hubiera perdido de semejante paisaje urbano que, desde ese entonces, no he vuelto a contemplar.

 

Después de la casa antigua donde vivíamos, nos trasladamos al barrio Pablo VI. Totalmente diferente, un apartamento de arquitectura moderna para la época, rodeado de zonas verdes, ubicado al noroccidente de la ciudad. Tenía una vista espectacular que daba hacia los cerros orientales, desde donde justamente se divisaba el colegio, entre otras edificaciones que tratábamos de identificar entre mis hermanos y yo: el estadio El Campín, al que yo veía en mis sueños juveniles como una escultura gigante.

 

Nosotros nos instalamos en el barrio, con las primeras familias que llegaron a éste. Y en realidad la distancia era cercana entre nuestra vivienda y el colegio, no así el acceso a la fría montaña. En aquellos días en que no alcanzábamos a tomar la ruta del bus, un teleférico hubiera sido el transporte ideal para llegar allí. Un taxi era muy costoso.

 

Volviendo a mi colegio, como le decía en aquellos días,  cada curso constaba de 25 niñas. Era femenino y, por tanto, había menos indisciplina. Al menos, no problemas graves de agresión. Las instrucciones generales de rectoría y coordinación se daban por parlante.  Los métodos pedagógicos utilizados por la comunidad de las dominicas,  dueña del colegio, no han variado mucho: la lectura y explicación del tema muy apegada al texto y poca o nula interpretación del mismo y ninguna posibilidad de aporte por parte de las estudiantes. Después se llenaban los cuestionarios, en fotocopia, de muchísimas preguntas, cuyas respuestas teníamos que buscar en los libros, porque la mayoría de las veces no entendíamos la explicación  y  ni siquiera se nos preguntaba qué pensábamos acerca del tema o que nos había quedado claro. Era una enseñanza distante, fría, inespecífica: la repetición del texto, mecánica, sin nada que interpretar.  

 

Aunque el método pedagógico dejaba mucho que desear, guardo el grato recuerdo de mi directora del curso 4o. de primaria. Una mujer cuya calidez humana y ternura, me hacían sentir como su hija. Me daba el amor que mis padres me negaban durante el día y al que sólo podía acceder hasta después de las seis de la tarde, al salir ellos de sus trabajos. Ahora deduzco que la falta de afecto durante tantas horas, tantos días, tantos años, da como resultado una carencia emocional muy grave. Cuando corrió el rumor de que se iba del colegio y luego, cuando el rumor se hizo realidad, y supe que mi hada protectora desaparecía como por encanto, volví con mucho dolor a una realidad que distaba mucho de gustarme. Las otras profesoras y mis compañeras se dieron cuenta del abandono en que  había quedado. Tuve que sacar fuerzas de mis entrañas para sobrevivir en ausencia de mi “mamá”. El colegio sí muy lindo, pero las profesoras, en su mayoría, frías e indiferentes.

A pesar de este duelo, adoraba mi colegio. Allí pasé las mejores horas de mi vida. Recuerdo con gran emoción, la dicha que me producía entender un tema difícil. Un regocijo profundo, como un clímax intelectual y mental me invadía cuando atravesaba el límite invisible entre la ignorancia y el saber.

Siempre que podía, participaba en todas las actividades extra clase , los coros , en el grupo de teatro , en la estudiantina, el grupo de dazas. Ahora, puedo concientizar que, detrás del gusto me producía, se escondía la infantil intención de estar fuera de clase. Mi vida escolar transcurrió, entre ensayos y presentaciones. Escribiendo esto, comprendo porque me tocaba estudiar  tanto en la casa y ponerme al día en los cuadernos.

Algunas recordaciones que llenan la retrospectiva de esos años son los jardines de mi colegio: el del Modelo en preescolar, el bosque del Rosario de Santo Domingo, el pequeño jardín del Santa Isabel de Hungría y las inmensas zonas verdes del Eymard. Las condiciones de mi existencia me hicieron poli escolar. Así son mis recuerdos: variados, libres y alegres. Convertidos en refugios, los íntimos rincones de mi colegio,  guardaban  mi soledad a los ojos ajenos.

Cuando mis profesoras insistían en que jugara y me divirtiera, estaban muy lejos de entender que mi más íntimo deseo era permanecer allí, en compañía de los grandes árboles, las plantas, las flores, el frío, la penumbra, lejos del bullicio. No me importaba si los árboles, estaban propensos a caerse por la inclinación del terreno, pero más que todo por su edad. Poco caso me merecía este riesgo. Mi aproximación a la naturaleza y el hecho de estar a cierta distancia de mis compañeras me daba la posibilidad de verlas gritar pero no escucharlas, de estar lejos, sin perderlas de vista.

 

En las clases de manualidades, costura, en ese tiempo, realizábamos  punto de cruz no en carpeticas o individuales sino en manteles descomunales, como para mesas estilo Luís XV. El año era corto para terminar uno solo de ellos. Para mí, esto constituía un verdadero desastre. Cada puntada tenía que ser previamente dibujada en la tela, con hilo del grosor y color conveniente, para su terminado fuera de una perfección imposible de lograr. Frecuentemente teníamos que desbaratar todo el bordado y comenzar de cero. Eso constituyó parte del trauma de mi vida posterior: en la actualidad detesto coser hasta el ruedo de una falda.  En las dos horas que duraba esta actividad nos hacíamos por grupos y nos turnábamos para contar cuentos de miedo como el monje sin cabeza, la Llorona. Así, estas horas se pasaban muy rápido y se hacía menos tediosa la labor.

Las actividades creativas al interior del aula eran nulas. En ninguna se permitía la libre expresión. Ni siquiera en las danzas, el teatro o canto. La decisión  tomada por la profesora era inapelable.

Saliéndome de las rígidas normas escolares, yo dibujaba en las últimas hojas de los cuadernos, con esfero o lápiz. No recuerdo haber conocido otro medio. Dibujaba mucho en las interminables clases, tratando de no desatender pero a la vez queriendo librarme del tedio que me producían. Otro problema por afrontar eran mis respuestas, no siempre de acuerdo a la lógica de las profesoras, que me acarreaba una amonestación escrita a mis padres con la correspondiente amenaza, pero no recuerdo una palabra de motivación, o una forma por simple que fuera de calificar positivamente mi trabajo o de orientarlo hacia algo más elaborado. Hoy me hago una pregunta: de dónde provenía este sistema tan inflexible y arcaico. ¿Eran las profesoras o las dueñas del colegio las responsables? Las profesoras estaban desmotivadas  y no les importaba nada y a las monjas sólo les interesaba la rentabilidad de la empresa?

Si mis recuerdos no me traicionan, nunca escuché mencionar el nombre de un pintor, ni siquiera uno colombiano, para alguna referencia, para concatenarlo con un momento histórico, con una época determinada. Ningún profesor preguntó a lo largo de mi primaria y bachillerato, si me gustaba el arte, qué me gustaba de él. No me dejaron ninguna inquietud, ninguna referencia. Nada que yo hubiera podido utilizar como antecedente a mis posteriores experiencias.

Y esto sí hubiera podido ser posible, pues en lo que se refiere a deportes, mi profesor del Eymard, me inculcó su práctica, al menos en beneficio de mi salud mental, emocional y física y con testimonios dicientes, me enseñó a competir y quiso formar en mí una buena atleta, con velocidad y resistencia. Pude representar al colegio, con dignidad,  porque me fue dado el conocimiento sin egoísmo, con amor, con el mismo amor que el profesor tenía por su materia,  por su profesión. No le importaba descubrir el potencial de los estudiantes, porque no los consideraba sus rivales, ni tenía miedo de que posteriormente le quitaran su empleo.

Era obligación calcar las ilustraciones que aparecían en los libros. Pero, teníamos que dibujar otros.  Cuando quedaban bonitos, generalmente hechos por los padres, las profesoras quedaban encantadas.  No les importaba quién los hacía sino que estuvieran bien hechos. Eran tareas para padres. He visto que, algunas profesoras todavía aceptan y, prácticamente exigen los trabajos muy bien, recomiendan a los padres que les “colaboren” a sus hijos. Como estos padres no saben como es colaborar, sencillamente les hacen los trabajos.

De todo este sistema se salvaba un método que, por cierto, me fascinaba: las carteleras. Eran utilizadas esporádicamente y enrolladas rápidamente después de explicado el tema, sin opción a ampliarlo. Existía en el colegio un sitio especial donde eran colocadas en estricto orden todas las carteleras. Yo me ofrecía a ir por ellas y aprovechaba para quedarme un rato leyendo las otras carteleras, perfectamente alelada. Aprendí a hacerlas para las exposiciones de

 

los trabajos que, ya para ese entonces comenzaban a ponerse de moda y me dí cuenta de que eran funcionales.

Para dibujar se usaban cuadernillos. Entre hoja y hoja, tenía una hoja de papel calcante. Algunas veces, calcábamos el dibujo, otras veces nos daban un tema para dibujar y nos regañaban si quedaba feo. Estaba prohibido dibujar en toda la hoja. Un dibujo solito, pequeño  en la mitad de la hoja. 

Los ejercicios de caligrafía me gustaban mucho. Se hacían para soltar la mano, las profesoras nos decían que el trazo tenía que ser firme, con el lápiz bien apretado, sin salirse del renglón. Si no se cumplía con esos requisitos, la nota disminuía. A pesar de todo, yo disfrutaba, me daba algo de libertad y me llamaban la atención los garabatos que resultaban, aun las letras.

En cuarto y quinto de bachillerato, la profesora de biología nos llevaba constantemente al laboratorio. Recuerdo las clases de biología y química. Gracias a la práctica de estas materias, recuerdo todavía muchas cosas. El profesor de historia nos hacía unos relatos minuciosos de los temas en una forma muy familiar. Nos “sacaba” del  salón de clases; nos transportaba. Los cuenteros de hoy, traen a mi memoria, inevitablemente, a  mi profesor. Lastimosamente, al final, nos ponía a llenar cuestionarios  y rompía abruptamente con la magia.

El grado 6o. (hoy 11o.) lo cursé en  jornada nocturna, cansada de tanto  uniforme, de esa jornada escolar tan larga, decidí aprovechar el día, para otras actividades: tocar guitarra, pintar, hacer manualidades y  estudiar.  Terminé el bachillerato en el Charles de Gaulle con una de mis tías, Rosita, quien había dejado de estudiar  durante diez años y había intentado hacerlo durante otros diez.

Fue una experiencia enriquecedora ver los deseos de superación de  personas, la mayoría adultas, que después de una larga jornada de trabajo, llegaban a estudiar, con la única esperanza de continuar con sus estudios universitarios o, al menos, técnicos o tecnológicos.

Mi estilo, pasión u obsesión fue siempre recibir un aporte de todo aprendizaje, de toda vivencia. Algo que yo pudiera llevar a los demás algún día.